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domingo, 14 de febrero de 2010

Lo estético y lo artístico - Alejandra Ferreiro


Lo estético y lo artístico

Alejandra Ferreiro

Lo estético y lo artístico

En toda actividad que el ser humano realiza siempre agrega un “algo más”. El ser humano tiene la necesidad de reproducir su socialidad, pero bajo el imperativo de hacerlo con “belleza”. De modo que, en la dimensión cultural de la existencia social se observa una necesidad inmanente a toda manifestación humana de la cual emerge el comportamiento estético.

Este modo peculiar de apropiación de la realidad que puede diferenciarse en condiciones históricas, sociales y culturales[1] específicas se encuentra enraizado en la capacidad humana de simbolizar y de exteriorizar la memoria individual.[2]

La actividad estética, por ser inherente a la naturaleza humana, se encuentra presente en todos los tiempos, aunque sus modalidades y finalidades varían de sociedad a sociedad y presentan diferencias en cada época histórica.

…, lo estético es inevitable y cotidiano, espontáneo y orientado hacia las bellezas naturales o culturales, todas valorativas; por consiguiente, no existe ser humano sin vida estética y ésta se centra, para nosotros, en la sensibilidad o gusto, una facultad humana ocupada en nuestros ideales de belleza y sentimientos dramáticos, cómicos, de sublimidad o tipicidad. En fin, lo estético se ocupa de nuestras preferencias y aversiones sensitivas o estéticas, gracias a las cuales mantenemos relaciones con la realidad inmediata y diaria.[3]

Es decir, lo estético es una cualidad sensible, una característica de la sensibilidad humana. Sin embargo, la sensibilidad –entendida como capacidad de sentir- no puede reducirse, aunque predomine en algunos momentos, a los aspectos sensitivos, imaginarios o afectivos, ya que siempre se encuentra presente un componente intelectivo. Las sensaciones sin el concurso de la razón no son identificadas, reconocidas, es decir, plenamente experimentadas. Pero, la sensibilidad reemplaza momentáneamente a la razón cuando sus recursos no permiten penetrar la realidad experimentada.

La sensibilidad es histórica y varía de sociedad a sociedad y de individuo a individuo, de manera que nuestras preferencias y aversiones poseen un contenido social, de ahí que el placer o displacer, al convertirse en sentimientos de agrado o desagrado, de aceptación o rechazo, se vinculen con los valores sociales predominantes.

Si la sensibilidad es el soporte de la mirada estética del ser humano y ésta se constituye histórica y socialmente, es posible entender que exista un predominio de los valores de una sociedad en la aceptación o rechazo de las producciones estéticas de otras culturas. Este es el caso de las sociedades modernas en las que el arte ha ocupado un lugar privilegiado en relación con el universo estético global, es decir, lo estético ha sido reducido a lo artístico.

La relación estética tiene sus primeras manifestaciones en la producción de objetos útiles en la que es posible ya observar una conciencia protoestética -como la designa Sánchez Vázquez. Esta producción de objetos no posee una finalidad estética, en tanto que no se producen para la contemplación. El propósito de estas producciones se vincula, generalmente, a los aspectos mágico-religiosos y rituales de las diferentes sociedades o al terreno propiamente utilitario. No obstante, en la actualidad es posible entablar una relación contemplativa con ellos, es decir mirarlos estéticamente. Es decir, como señala Sánchez Vázquez, se produce una disociación entre producción y consumo, por lo que “la obra no es consumida de acuerdo con el fin y la función que determinaron su producción y viceversa: a la producción corresponde hoy un modo de consumo (la contemplación) no buscado en ella.”[4]

Esta separación, continúa este autor, obliga a plantear dos cuestiones: ¿cómo puede funcionar estéticamente un objeto producido sin una finalidad estética? y ¿cómo puede producirse sin finalidad estética un objeto que, sin embargo, funciona estéticamente?[5]

Para responder la primera interrogante, es preciso pensar en una caracterización amplia del arte, es decir como:

…una actividad humana práctica creadora mediante la cual se produce un objeto material, sensible, que gracias a la forma que recibe una materia dada expresa y comunica el contenido espiritual objetivado y plasmado en dicho producto u obra de arte, contenido que pone de manifiesto cierta relación con la realidad.[6]

Esta definición favorece una actitud abierta hacia las manifestaciones de otras culturas y considerar a los objetos o procesos con una finalidad extraestética (mágica, religiosa, mítica o utilitaria) objetos dignos de ser contemplados, esto es, considerarlos como obras de arte. Cualquier objeto material producido por otras culturas y en otros tiempos, al ser materia formada o forma sensible de una materia dada, expresa y comunica el contenido espiritual objetivado, lo que produce a su vez un efecto estético, “gracias al cual la obra significa y se abre al mundo.”[7] Hay un desplazamiento, en el objeto derivado, de la función originaria extraestética que provoca en nosotros una nueva función: la estética. Esto se debe a que la obra es el producto de una actividad humana creadora.

Afirmar que el arte es una actividad humana práctica creadora y confirmar que se han producido objetos con finalidades extraestéticas, que ahora son consumidos estéticamente, implica asumir que existe y ha existido en todas las culturas una conciencia estética en la producción de dichos objetos. De igual modo, el existir de esta conciencia, es posible entenderla vinculada con el trabajo humano.

Es difícil no admitir [...], que en el productor prehistórico del paleolítico medio superior [...] se fue dando cierta conciencia de la “buena forma” y, unida a ella, la del “buen trabajo”. Y que esa conciencia del “trabajo bien hecho”, gracias al cual se alcanzaba la “buena forma”, tenía que ser a su vez, conciencia de la capacidad para producir el útil dotado de esa forma. Por último hay que suponer también que la conciencia de la “buena forma” y del “trabajo bien hecho”, así como de la capacidad propia para realizarlo, tenía que ir seguida de cierto placer o satisfacción de la ejecución.[8]

Así, tenemos que el comportamiento estético no sólo es consubstancial al ser humano, sino que además se presenta en todas sus manifestaciones y producciones como una necesidad de “agregar algo más” a todo lo que realiza. Esta escrupulosidad de la buena forma ligada al trabajo bien hecho se descubre con toda claridad en todas las producciones utilitarias que permiten, además un consumo estético. Observar el desarrollo histórico de la conciencia estética, permite ampliar nuestros horizontes teóricos y subrayar la diferencia entre la obra de arte (consumo artístico) y la producción artística.

Una obra de arte, independientemente de su finalidad, produce experiencias estéticas. En este sentido, cualquier objeto, acto o proceso que tenga capacidad de transmitir un contenido y de producir una experiencia estética se constituye en una obra de arte. Sin embargo, lo propiamente artístico, está circunscrito al hecho histórico en el que como resultado de su actividad, el ser humano ha desarrollado una conciencia del “buen trabajo”, de la “buena forma” y de la capacidad propia de producirla realizando el trabajo necesario. En las producciones artísticas de la época moderna, lo que se observa es que finalidad y efecto coinciden.

El artista al pertenecer a una sociedad que lo promueve, ha adquirido la conciencia del efecto que produce y el valor de cambio que este efecto contiene. Por ello, lo artístico posee, además de la finalidad estética, otras finalidades extraestéticas. Como el resto de las actividades sociales, en esta fase de la humanidad el proceso de producción del arte está asociado a la división del trabajo, de donde emergen las actividades individualizadas que requieren una formación académica. La distribución de los bienes artísticos está vinculada con el mercado, por tanto es un producto mercantilizado. Y, por último, su consumo implica un conocimiento especializado que se da en un tiempo y un lugar excepcionales.

Para recuperar lo dicho hasta el momento tenemos que, lo artístico es un producto creado por la cultura occidental cuya acción está circunscrita a las condiciones particulares de producción, distribución y consumo del capitalismo. Mientras que lo estético aparece en prácticamente todas las actividades del ser humano y en todas las culturas, aunque con diversidad de formas de expresión.

La autonomía lograda por el arte y su inserción en el mercado ha generado una tendencia equívoca de reducir lo estético a lo artístico y de conferir una carga valorativa de “más bella” y “más buena” a la producción artística, dejando fuera otras producciones estéticas. Sin embargo, en la actualidad mantenemos con muchas de las producciones humanas de otros tiempos una relación contemplativa, es decir, funcionan en nuestro tiempo como obras de arte.

2. Polémica estético-artístico en educación.

La polémica estético-artístico en educación no surge, como lo supone Hargreaves,[9] de la generalidad del primer término y la especificidad de la conducta y habilidades del segundo, sino de la diferencia en la finalidad de ambos comportamientos. El adjetivo estético califica aquella experiencia humana que se produce ante lo inesperado, lo inaudito, lo sorprendente, lo admirable, y de la que surge, aunque momentáneamente, un sentido de unicidad en el individuo que lo experimenta. Esta experiencia supone un modo peculiar de relacionarse con objetos que asumen en algún momento una función estética. Pero las experiencias estéticas no son todas del mismo grado, pueden variar en fuerza de afección según si éstas provienen de nuestra relación con objetos naturales o con objetos y acciones simbólicas. Por otro lado, el adjetivo artístico se relaciona con la experiencia vivida durante la creación de algún objeto estético, aunque no siempre corresponda con una obra de arte; de ahí que esta experiencia pueda ampliarse a procesos no circunscritos, como algunos aseguran, a la experiencia formativa con técnicas especializadas provenientes del campo profesional del arte. Esta diferencia conceptual permitió concluir en la necesidad de fomentar en la educación básica ambas experiencias, la estética y la artística, pues si bien la primera promueve una intensa sensibilización en el estudiante que amplía su capacidad de percibir los matices del mundo, el proceso educativo quedaría inconcluso sin la promoción de experiencias artísticas, en las que el niño desarrolla su creatividad y la plasma en objetos y formas estéticas.


[1] Adolfo Sánchez Vázquez, Invitación a la Estética, México, Grijalbo, 1992, Pag. 57

[2] Andre Leroi-Gourhan, cfr. Carlo Bonfiglioni, Fariseos y Matachines en la Sierra Tarahumara. Entre la pasión de Cristo, la transgresión cómico sexual y las danzas de conquista, México, INI, 1995, Pag. 24

[3] Juan Acha, Introducción a la Teoría de los Diseños. México, Trillas, 1988, Pag.22

[4] Adolfo Sánchez Vázquez, Invitación a la..., Pag. 88

[5] Idem.

[6] Adolfo Sánchez Vázquez, Estética y Marxismo, Tomo I, México, Ed. Era, 1983, Pag. 167

[7] Adolfo Sánchez Vázquez, Invitación a la…. Pag. 89

[8] Idem. Pag. 98

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